martes, 28 de julio de 2026

Las películas no están para ilustrar los libros.

Cada vez que se estrena una película basada en una novela, la conversación parece repetirse.

“El libro es mejor.”

“Le cambiaron demasiadas cosas.”

“No respetaron la historia.”

Confieso que nunca he compartido esa expectativa.

Siempre me ha parecido que quienes esperan una adaptación completamente fiel al texto original tienen una idea demasiado reducida de lo que significa crear. Esperan que la película funcione como una especie de libro ilustrado, cuando en realidad una adaptación nunca ha pretendido ser eso.

Ambos, libros y películas cuentan historias, sí, pero hablan lenguajes distintos.

La literatura construye mundos a través de las palabras. El cine lo hace mediante imágenes, actuaciones, silencios, fotografía, música, ritmo y montaje. Son medios diferentes, con posibilidades distintas y, por lo tanto, con formas distintas de generar emociones y significado.

Pretender que una película reproduzca exactamente una novela sería como pedirle a una pintura (o caricatura) que sea idéntica a una fotografía o a una pieza musical que explique con precisión lo que expresa un poema. No tendría sentido. Cada lenguaje posee recursos propios y precisamente ahí reside su riqueza.

Pero hay algo todavía más importante: toda adaptación es una interpretación.

Antes de convertirse en una película, una novela pasa por la mirada del guionista, del director, de los actores, del director de fotografía, del compositor y de decenas de personas que leen la misma historia desde experiencias, sensibilidades y referentes culturales distintos.

Ellos no están simplemente reproduciendo una obra; están dialogando con ella. Y nosotros, como espectadores, hacemos exactamente lo mismo.

Y es que tampoco existen dos lectores que imaginen el mismo personaje, la misma casa o el mismo paisaje. Cada persona completa los espacios que deja el autor con su propia imaginación. Incluso cuando releemos un libro años después, descubrimos detalles que antes habían pasado inadvertidos. No porque el texto haya cambiado, sino porque quienes cambiamos somos nosotros.

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No existen dos interpretaciones iguales.

Por eso me resulta curioso que, precisamente en un proceso tan profundamente creativo, esperemos una única versión correcta de la historia.

Quizá esa expectativa revela algo que va mucho más allá del cine.

La escritora Chimamanda Ngozi Adichie ha hablado sobre el peligro de una historia única: la tendencia a creer que una sola narrativa puede explicar por completo una realidad. Cuando eso ocurre, dejamos de ver la complejidad, las posibilidades y las múltiples perspectivas desde las cuales también puede comprenderse el mundo. Algo parecido sucede con las adaptaciones cinematográficas.

Esperar que exista una única manera “correcta” de llevar un libro al cine supone asumir que solo una interpretación merece existir. Sin embargo, toda obra artística está viva precisamente porque admite nuevas lecturas. Cada adaptación resalta aspectos distintos, formula preguntas diferentes y, en ocasiones, incluso nos lleva a regresar al libro para descubrir aquello que habíamos pasado por alto.

No veo eso como una traición, lo veo como una conversación.

Y quizá esa sea una de las razones por las que disfruto tanto ver películas basadas en libros que ya he leído. No espero encontrar una copia de la experiencia que tuve como lectora. Espero descubrir la interpretación de otra persona. A veces coincidirá con la mía; otras veces me incomodará; en ocasiones me parecerá brillante y, otras, completamente desacertada. Pero incluso entonces habrá cumplido una función: obligarme a volver a pensar la obra original.

En el fondo, esta discusión tiene mucho que ver con la comunicación.

Quienes trabajamos en este campo sabemos que un mensaje nunca llega exactamente igual a todas las personas. Cada público interpreta desde su historia, sus conocimientos, sus emociones y su contexto. Comunicar no consiste en trasladar información intacta de una mente a otra; consiste en construir significado.

¿Por qué, entonces, esperaríamos que el arte funcionara de otra manera?

El verdadero valor de una adaptación no esté en su fidelidad milimétrica, sino en su capacidad para abrir nuevas conversaciones. Del mismo modo que un buen profesor no se limita a repetir un libro de texto, un buen comunicador no copia mensajes y un buen líder no recita discursos. Todos reinterpretan, resignifican y encuentran nuevas formas de hacer que una idea cobre vida para otras personas (si no, ¿para que estamos ahí ? ¿Para qué tan siquiera repetir lo que ya existe?

Después de todo, las grandes historias nunca sobreviven porque alguien las conserve intactas. Sobreviven porque cada generación encuentra una nueva manera de contarlas… y porque en cada generación percibe en ellas alguna relevancia.

Quizá el verdadero desafío no sea aprender a aceptar adaptaciones diferentes, sino reconocer que nuestra propia lectura nunca fue la única posible. Con frecuencia confundimos nuestra interpretación con la realidad, cuando es tan solo una entre muchas. Y tal vez ahí resida una de las formas más valiosas de la creatividad y de la comunicación: aceptar que existen otras lecturas no significa renunciar a la nuestra ni convertirla en la única que merece ser defendida; significa reconocer que el valor de una obra, de una conversación o incluso de una idea reside en su capacidad para enriquecer nuestras miradas y generar nuevos significados.

Igual sería muy aburrido que las películas fueran exactas a los libros... Eso sería buscar sustituir una experiencia de descubrimiento con una de entretenimiento.


lunes, 27 de julio de 2026

Mucho más que un requisito de graduación

Reflexiones después de acompañar a 316 estudiantes en su Trabajo Comunal Universitario.





Durante dos años tuve el privilegio de desempeñarme como profesora gestora del Trabajo Comunal Universitario para las carreras de Comunicación. Seis cuatrimestres. 316 estudiantes de Relaciones Públicas, Publicidad y Periodismo. Decenas de proyectos de comunicación. Cientos de reuniones, correos, retroalimentaciones y conversaciones.

Cuando asumí esta responsabilidad pensé que mi trabajo consistiría principalmente en revisar documentos, responder consultas y asegurar que cada proyecto cumpliera con los requisitos académicos para graduarse. Con el tiempo entendí que esa era apenas la parte visible.

Lo verdaderamente importante ocurría mucho antes de la entrega final… durante el proceso.

Detrás de cada propuesta había estudiantes enfrentándose, muchas veces por primera vez, a problemas reales. Había equipos aprendiendo a trabajar juntos, comunidades esperando soluciones, ideas que necesitaban replantearse y personas que comenzaban a descubrir qué significaba ejercer la comunicación con responsabilidad social.

Mi trabajo nunca consistió únicamente en aprobar proyectos. Consistía en acompañarlos.

Acompañar significaba leer con atención cada propuesta antes de ser aprobada, cada ajuste, cada avance. Significaba responder de manera personalizada, orientar cuando aparecían obstáculos, ayudar a reorganizar un proyecto que había perdido el rumbo, formular preguntas antes que dar respuestas y asegurarme de que cada estudiante entendiera no solo qué debía corregir, sino por qué era importante hacerlo. En esas conversaciones también buscábamos que cada proyecto dejara de ser únicamente un requisito de graduación y se convirtiera en una primera experiencia profesional, una oportunidad para descubrir el tipo de comunicadores que querían llegar a ser.

Luego del primer cuatrimestre a cargo, comenzó a ocurrir algo que nunca esperé… y fue algo que se repetía periodo tras periodo. Al finalizar el proceso, varios estudiantes me preguntaban qué otros cursos impartía o si daba clases fuera de la carrera de Relaciones Públicas. Otros escribían para agradecer la paciencia, el acompañamiento o las devoluciones detalladas. Algunos incluso decían que, sin ese seguimiento, probablemente no habrían logrado terminar su proyecto.

Hace apenas unos días, una estudiante me dijo una frase que difícilmente olvidaré: "Profe, es que usted hacía todo lo posible para que lo lográramos, para que nadie se quedara atrás." Esa frase me conmovió profundamente. No porque hablara de mí, sino porque resumía la manera en que entiendo la educación.

Acompañar no significa bajar el nivel de exigencia. Significa creer que las personas pueden alcanzarlo cuando reciben orientación, estructura, retroalimentación oportuna y alguien que les ayude a descubrir de lo que son capaces.

Al mirar hacia atrás también aparecen las cifras. De los 316 estudiantes que tuve el privilegio de acompañar, 229 concluyeron exitosamente su Trabajo Comunal Universitario, 67 continúan su proceso con el equipo que dará continuidad al programa y tan solo 20 abandonaron el proceso.

Más allá de las cifras, esos resultados fortalecieron una convicción que hoy considero parte esencial de mi práctica docente: cuando el acompañamiento es cercano, humano y deliberado, más personas encuentran las condiciones para perseverar y alcanzar una meta que, al principio, muchas veces parecía inalcanzable.

Esa ha sido, quizá, una de las mayores lecciones que me dejó esta experiencia.

Durante estos dos años confirmé que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Es escuchar antes de responder, hacer preguntas que ayuden a pensar, ofrecer estructura cuando hay incertidumbre… Es acompañar sin sustituir, orientar sin imponer y corregir sin humillar. Es confiar en las personas hasta que ellas mismas descubren que pueden confiar en sí mismas.

Hoy cierro esta etapa con una profunda gratitud. Gratitud por cada estudiante que me permitió acompañar una parte de su camino. Por cada proyecto que puso la comunicación al servicio de una comunidad. Y por haber confirmado algo que intuía desde hace mucho tiempo: mi mayor satisfacción profesional no está en aprobar proyectos ni en completar procesos administrativos. Está en acompañar el crecimiento de las personas.

El cierre de esta etapa coincidió con una carta de agradecimiento enviada por la Vicerrectoría Académica. La recibí con mucha gratitud. Y mientras la leía, recordaba sobre todo las conversaciones con los estudiantes, los proyectos que encontraron su rumbo y las palabras de quienes, al terminar el proceso, me hicieron saber que el acompañamiento había marcado una diferencia.

Porque los proyectos terminan, los cursos cambian y las etapas se cierran. Pero ver a alguien descubrir que es capaz de lograr mucho más de lo que imaginaba es una de esas experiencias que también transforman a quien tiene el privilegio de enseñar.

Tal vez ese sea el verdadero legado del Trabajo Comunal Universitario. No únicamente los proyectos que las comunidades recibieron, sino los profesionales que comenzaron a construirse mientras los hacían realidad.

domingo, 26 de julio de 2026

El resultado no es suficiente: la reputación también se juega dentro y fuera de la cancha.

 

Foto tomada de The Guardian.

Cada cuatro años, el mundo se detiene para ver un torneo de fútbol. O eso es lo que solemos creer desde la perspectiva del entretenimiento.

En realidad, también presencia uno de los mayores ejercicios de construcción de reputación y marca país que existen.

Durante algunas semanas, millones de personas alrededor del mundo observan mucho más que un competición futbolística. Descubren himnos, símbolos, costumbres, formas de competir, maneras de celebrar la victoria y de afrontar la derrota. En muchos casos, ese primer contacto despierta curiosidad por conocer un país, comprender su cultura, probar su gastronomía o incluso visitarlo algún día. Eso es poder de atracción.

En relaciones internacionales suele denominarse soft power: la capacidad de generar admiración, cercanía e influencia a través de la cultura, los valores y la identidad que un país proyecta hacia el mundo. Por eso, un Mundial nunca es únicamente un evento deportivo; también es una inmensa vitrina de reputación.

En comunicación estratégica existe una idea fundamental: las personas no se relacionan únicamente con productos, organizaciones o países. Se relacionan con los significados que construyen alrededor de ellos. Lo mismo ocurre en el deporte.

Millones de personas terminan apoyando selecciones que no son las de su propio país. No solamente por su calidad futbolística, sino porque encuentran en ellas una historia, un estilo de juego, unos valores o una forma de competir con la que deciden identificarse.

Sucede lo mismo con los grandes ídolos. La reputación de una persona no se construye exclusivamente por sus logros. Se construye por la coherencia entre lo que hace, la manera en que lo hace y los valores que transmite. Por eso los mejores futbolistas del mundo no son admirados únicamente porque ganan. Son admirados porque representan algo más: disciplina, resiliencia, liderazgo, respeto por el rival, autocontrol y capacidad para competir con integridad.

Esperamos de ellos excelencia técnica, pero también excelencia ética. Justo cuando ambas coinciden es que nacen las leyendas.

Ahora bien, así como las reputaciones se construyen por una sucesión de acontecimientos, tampoco suelen cambiar por un hecho aislado. Cambian cuando distintos acontecimientos comienzan a reforzar una misma historia en la mente de los públicos.

El Mundial de 2026 ofreció un ejemplo interesante de ese fenómeno. Más allá de los resultados deportivos, una parte importante de la conversación pública comenzó a girar alrededor de comportamientos observados dentro y fuera de la cancha. En estadios, redes sociales, programas de televisión y otros espacios se difundieron imágenes y relatos que muchas personas interpretaron como antideportivos, irrespetuosos o contrarios al espíritu del juego. Poco a poco comenzó a consolidarse una narrativa compartida: para una parte importante del público, esos comportamientos eran incompatibles con los valores y la excelencia deportiva que se esperan de una Copa del Mundo.

No se trata de determinar quién tenía razón en cada episodio ni de emitir un juicio sobre un país o una afición. Lo verdaderamente interesante es comprender cómo funciona la reputación.

Cada hecho, por sí solo, puede parecer anecdótico. Sin embargo, cuando distintos episodios empiezan a reforzar una misma percepción, el público deja de analizarlos de forma aislada y comienza a construir una narrativa. Y la reputación, al final, es precisamente eso: una narrativa compartida.

En comunicación estratégica solemos decir que la reputación no pertenece a quien la proyecta, sino a quienes la interpretan. No depende únicamente de lo que una organización, un líder, un deportista o una selección nacional creen representar, sino del significado que los distintos públicos atribuyen a sus acciones. Por eso, durante un Mundial no solo se construyen o se erosionan reputaciones individuales, también se fortalecen o se debilitan reputaciones colectivas. Y, en cierta medida, también se transforma la reputación de un país.

Un jugador puede afectar la imagen de un equipo. El comportamiento de una afición puede influir en la percepción sobre una selección. Y una selección puede terminar proyectando una imagen que millones de personas asocian (con razón o sin ella) al país que representa.

Las generalizaciones rara vez son justas. Ningún equipo representa a todos sus ciudadanos, del mismo modo que ninguna empresa representa a todos sus colaboradores o ninguna universidad a todos sus estudiantes. Sin embargo, así funcionan las percepciones humanas: construimos imágenes a partir de los símbolos con los que interactuamos.

Las organizaciones viven exactamente el mismo proceso. Una empresa puede desarrollar productos extraordinarios y, aun así, deteriorar su reputación por la conducta de sus directivos. Una universidad puede destacar por su excelencia académica y ver cuestionada su imagen por la manera en que responde a una crisis. Un líder puede alcanzar resultados sobresalientes y perder la confianza de su equipo por la forma en que trata a las personas.

Porque los resultados generan admiración, pero los comportamientos generan confianza. Y la confianza es el verdadero patrimonio de una reputación.

Quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que deja cualquier competencia de alto nivel. Claro que el marcador define quién ganó un campeonato, pero la memoria colectiva suele determinar quién ganó el respeto, la admiración y la confianza. Y al final, los trofeos se guardan en las vitrinas, pero la reputación permanece en la memoria de las personas.

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Imagen tomada de Fox 9.