Mucho más que un requisito de graduación
Reflexiones después de acompañar a 316 estudiantes en su Trabajo Comunal Universitario.
Durante dos años tuve el
privilegio de desempeñarme como profesora gestora del Trabajo Comunal
Universitario para las carreras de Comunicación. Seis cuatrimestres. 316
estudiantes de Relaciones Públicas, Publicidad y Periodismo. Decenas de
proyectos de comunicación. Cientos de reuniones, correos, retroalimentaciones y
conversaciones.
Cuando asumí esta responsabilidad
pensé que mi trabajo consistiría principalmente en revisar documentos,
responder consultas y asegurar que cada proyecto cumpliera con los requisitos
académicos para graduarse. Con el tiempo entendí que esa era apenas la parte
visible.
Lo verdaderamente importante
ocurría mucho antes de la entrega final… durante el proceso.
Detrás de cada propuesta había
estudiantes enfrentándose, muchas veces por primera vez, a problemas reales.
Había equipos aprendiendo a trabajar juntos, comunidades esperando soluciones,
ideas que necesitaban replantearse y personas que comenzaban a descubrir qué
significaba ejercer la comunicación con responsabilidad social.
Mi trabajo nunca consistió
únicamente en aprobar proyectos. Consistía en acompañarlos.
Acompañar significaba leer con
atención cada propuesta antes de ser aprobada, cada ajuste, cada avance.
Significaba responder de manera personalizada, orientar cuando aparecían
obstáculos, ayudar a reorganizar un proyecto que había perdido el rumbo,
formular preguntas antes que dar respuestas y asegurarme de que cada estudiante
entendiera no solo qué debía corregir, sino por qué era importante hacerlo. En
esas conversaciones también buscábamos que cada proyecto dejara de ser
únicamente un requisito de graduación y se convirtiera en una primera
experiencia profesional, una oportunidad para descubrir el tipo de
comunicadores que querían llegar a ser.
Luego del primer cuatrimestre a cargo,
comenzó a ocurrir algo que nunca esperé… y fue algo que se repetía periodo tras
periodo. Al finalizar el proceso, varios estudiantes me preguntaban qué otros
cursos impartía o si daba clases fuera de la carrera de Relaciones Públicas.
Otros escribían para agradecer la paciencia, el acompañamiento o las
devoluciones detalladas. Algunos incluso decían que, sin ese seguimiento,
probablemente no habrían logrado terminar su proyecto.
Hace apenas unos días, una
estudiante me dijo una frase que difícilmente olvidaré: "Profe, es que
usted hacía todo lo posible para que lo lográramos, para que nadie se quedara
atrás." Esa frase me conmovió profundamente. No porque hablara de mí,
sino porque resumía la manera en que entiendo la educación.
Acompañar no significa bajar el
nivel de exigencia. Significa creer que las personas pueden alcanzarlo cuando
reciben orientación, estructura, retroalimentación oportuna y alguien que les
ayude a descubrir de lo que son capaces.
Al mirar hacia atrás también
aparecen las cifras. De los 316 estudiantes que tuve el privilegio de
acompañar, 229 concluyeron exitosamente su Trabajo Comunal Universitario,
67 continúan su proceso con el equipo que dará continuidad al programa y
tan solo 20 abandonaron el proceso.
Más allá de las cifras, esos
resultados fortalecieron una convicción que hoy considero parte esencial de mi
práctica docente: cuando el acompañamiento es cercano, humano y deliberado, más
personas encuentran las condiciones para perseverar y alcanzar una meta que, al
principio, muchas veces parecía inalcanzable.
Esa ha sido, quizá, una de las
mayores lecciones que me dejó esta experiencia.
Durante estos dos años confirmé
que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Es escuchar
antes de responder, hacer preguntas que ayuden a pensar, ofrecer estructura
cuando hay incertidumbre… Es acompañar sin sustituir, orientar sin imponer y
corregir sin humillar. Es confiar en las personas hasta que ellas mismas
descubren que pueden confiar en sí mismas.
Hoy cierro esta etapa con una
profunda gratitud. Gratitud por cada estudiante que me permitió acompañar una
parte de su camino. Por cada proyecto que puso la comunicación al servicio de
una comunidad. Y por haber confirmado algo que intuía desde hace mucho tiempo:
mi mayor satisfacción profesional no está en aprobar proyectos ni en completar
procesos administrativos. Está en acompañar el crecimiento de las personas.
El cierre de esta etapa coincidió
con una carta de agradecimiento enviada por la Vicerrectoría Académica. La
recibí con mucha gratitud. Y mientras la leía, recordaba sobre todo las
conversaciones con los estudiantes, los proyectos que encontraron su rumbo y
las palabras de quienes, al terminar el proceso, me hicieron saber que el
acompañamiento había marcado una diferencia.
Porque los proyectos terminan,
los cursos cambian y las etapas se cierran. Pero ver a alguien descubrir que es
capaz de lograr mucho más de lo que imaginaba es una de esas experiencias que
también transforman a quien tiene el privilegio de enseñar.
Tal vez ese sea el verdadero
legado del Trabajo Comunal Universitario. No únicamente los proyectos que las
comunidades recibieron, sino los profesionales que comenzaron a construirse
mientras los hacían realidad.

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