lunes, 27 de julio de 2026

Mucho más que un requisito de graduación

Reflexiones después de acompañar a 316 estudiantes en su Trabajo Comunal Universitario.





Durante dos años tuve el privilegio de desempeñarme como profesora gestora del Trabajo Comunal Universitario para las carreras de Comunicación. Seis cuatrimestres. 316 estudiantes de Relaciones Públicas, Publicidad y Periodismo. Decenas de proyectos de comunicación. Cientos de reuniones, correos, retroalimentaciones y conversaciones.

Cuando asumí esta responsabilidad pensé que mi trabajo consistiría principalmente en revisar documentos, responder consultas y asegurar que cada proyecto cumpliera con los requisitos académicos para graduarse. Con el tiempo entendí que esa era apenas la parte visible.

Lo verdaderamente importante ocurría mucho antes de la entrega final… durante el proceso.

Detrás de cada propuesta había estudiantes enfrentándose, muchas veces por primera vez, a problemas reales. Había equipos aprendiendo a trabajar juntos, comunidades esperando soluciones, ideas que necesitaban replantearse y personas que comenzaban a descubrir qué significaba ejercer la comunicación con responsabilidad social.

Mi trabajo nunca consistió únicamente en aprobar proyectos. Consistía en acompañarlos.

Acompañar significaba leer con atención cada propuesta antes de ser aprobada, cada ajuste, cada avance. Significaba responder de manera personalizada, orientar cuando aparecían obstáculos, ayudar a reorganizar un proyecto que había perdido el rumbo, formular preguntas antes que dar respuestas y asegurarme de que cada estudiante entendiera no solo qué debía corregir, sino por qué era importante hacerlo. En esas conversaciones también buscábamos que cada proyecto dejara de ser únicamente un requisito de graduación y se convirtiera en una primera experiencia profesional, una oportunidad para descubrir el tipo de comunicadores que querían llegar a ser.

Luego del primer cuatrimestre a cargo, comenzó a ocurrir algo que nunca esperé… y fue algo que se repetía periodo tras periodo. Al finalizar el proceso, varios estudiantes me preguntaban qué otros cursos impartía o si daba clases fuera de la carrera de Relaciones Públicas. Otros escribían para agradecer la paciencia, el acompañamiento o las devoluciones detalladas. Algunos incluso decían que, sin ese seguimiento, probablemente no habrían logrado terminar su proyecto.

Hace apenas unos días, una estudiante me dijo una frase que difícilmente olvidaré: "Profe, es que usted hacía todo lo posible para que lo lográramos, para que nadie se quedara atrás." Esa frase me conmovió profundamente. No porque hablara de mí, sino porque resumía la manera en que entiendo la educación.

Acompañar no significa bajar el nivel de exigencia. Significa creer que las personas pueden alcanzarlo cuando reciben orientación, estructura, retroalimentación oportuna y alguien que les ayude a descubrir de lo que son capaces.

Al mirar hacia atrás también aparecen las cifras. De los 316 estudiantes que tuve el privilegio de acompañar, 229 concluyeron exitosamente su Trabajo Comunal Universitario, 67 continúan su proceso con el equipo que dará continuidad al programa y tan solo 20 abandonaron el proceso.

Más allá de las cifras, esos resultados fortalecieron una convicción que hoy considero parte esencial de mi práctica docente: cuando el acompañamiento es cercano, humano y deliberado, más personas encuentran las condiciones para perseverar y alcanzar una meta que, al principio, muchas veces parecía inalcanzable.

Esa ha sido, quizá, una de las mayores lecciones que me dejó esta experiencia.

Durante estos dos años confirmé que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Es escuchar antes de responder, hacer preguntas que ayuden a pensar, ofrecer estructura cuando hay incertidumbre… Es acompañar sin sustituir, orientar sin imponer y corregir sin humillar. Es confiar en las personas hasta que ellas mismas descubren que pueden confiar en sí mismas.

Hoy cierro esta etapa con una profunda gratitud. Gratitud por cada estudiante que me permitió acompañar una parte de su camino. Por cada proyecto que puso la comunicación al servicio de una comunidad. Y por haber confirmado algo que intuía desde hace mucho tiempo: mi mayor satisfacción profesional no está en aprobar proyectos ni en completar procesos administrativos. Está en acompañar el crecimiento de las personas.

El cierre de esta etapa coincidió con una carta de agradecimiento enviada por la Vicerrectoría Académica. La recibí con mucha gratitud. Y mientras la leía, recordaba sobre todo las conversaciones con los estudiantes, los proyectos que encontraron su rumbo y las palabras de quienes, al terminar el proceso, me hicieron saber que el acompañamiento había marcado una diferencia.

Porque los proyectos terminan, los cursos cambian y las etapas se cierran. Pero ver a alguien descubrir que es capaz de lograr mucho más de lo que imaginaba es una de esas experiencias que también transforman a quien tiene el privilegio de enseñar.

Tal vez ese sea el verdadero legado del Trabajo Comunal Universitario. No únicamente los proyectos que las comunidades recibieron, sino los profesionales que comenzaron a construirse mientras los hacían realidad.

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